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Alocución ciudadana por el Día de la Lectura en Andalucía


Todos los años, el Centro Andaluz de las Letras elige como figura central a un escritor o escritora y sus palabras son el eco de la Alocución ciudadana que se lee en todos los actos que se celebran en Andalucía. Este año, la alocución ha sido realizada por el poeta y escritor Felipe Benítez Reyes, quien nos invita a la lectura a través de un conmovedor texto titulado ‘La patria errante’, que evoca a una profunda reflexión sobre la situación de los exiliados:

“Muchos andaluces exiliados (Juan Ramón Jiménez y Moreno Villa, Zambrano y Alberti, Ayala y Chaves Nogales, Prado y Altolaguirre, entre otros muchos) representaron un ejemplo de dignidad, la voz de una España distinta, la razón legítima de un país perdido que cada exiliado llevaba consigo allá donde les llevó aquella diáspora, pues todos fueron, en suma, los embajadores de un ensueño arrasado”, escribe Benítez Reyes en la alocución ciudadana.

La patria errante

El exilio forzado implica un desgarro forzoso, un despojamiento, la ruptura de un vínculo emocional, porque en nuestro lugar nativo se preserva el núcleo de nuestra identidad intransferible, el telón de fondo de esa aventura teatral de inventarnos y de asentarnos en el mundo.

El repertorio de escritores andaluces exiliados resultaría brillante si la causa de su exilio no fuese tan oscura: como consecuencia de una rebelión militar, de una guerra civil y de una abolición del orden democrático, muchos españoles dejan de tener sitio en su país: España se convierte en una patria artificial y restrictiva, con dueños y con proscritos.

Detrás de cada exiliado hay, como es lógico, una historia distinta. No todos tuvieron un mismo grado de significación política antes de la guerra ni durante la guerra ni un mismo grado de combatividad -y de esperanza- desde el exilio. Todos ellos, sin embargo, se vieron obligados a compartir una misma pérdida, una idéntica herida, un desconsuelo semejante.

En este día en que celebramos la lectura celebramos a la vez a todos los que generosamente nos han legado un patrimonio literario perdurable que pasa de generación en generación. Cada vez que abrimos un libro, iniciamos una aventura imprevisible. Cada vez que un libro ajeno nos habla de nosotros mismos, se produce un milagro. Cada vez que un libro nos fascina, estamos asistiendo a un número íntimo de magia.

Al hilo de la célebre imagen platónica, digamos que los múltiples saberes y fantasías que nos brindan los libros son sombras proyectadas en una caverna, pero esas sombras oscilantes nos ayudan a bandeamos dignamente durante el tiempo de nuestra vida. Esas sombras que son quizá un espejismo, tinieblas que refulgen, tal vez destellos falsos, porque quién sabe, pero que van alumbrando los caminos de nuestro pasar titubeante por el mundo. Un libro es siempre una incógnita, un enigma y un secreto, pero por fortuna se trata de un secreto a voces: en cuanto lo abrimos, ya somos dueños de él.

Quien abre un libro está inaugurando un asombro. Quien abre un libro en la tranquilidad de su casa puede estar moviéndose al instante por regiones inexistentes, con una brújula hechizada que marca rumbos imprevistos, con un mapa mágico que señala millares de rutas posibles: puede trasladarse al otro confín del mundo, a una selva peligrosa habitada por seres portentosos, a una isla desierta... Quien abre un libro puede viajar del presente al pasado, del presente al futuro, del futuro a la nada. Quien abre un libro está adueñándose, en fin, de una prodigiosa realidad paralela.

Acerquémonos a los libros con respeto, pero sin temor, porque la gran literatura que en el mundo ha sido no busca el aplauso, sino la complicidad; no exige reverencia, sino comprensión; no pretende admirar, sino revelar; no aspira a trazar un laberinto, sino a ofrecer claves para desenvolvernos en el laberinto de nuestro existir.

Muchos escritores andaluces exiliados (Juan Ramón Jiménez y Moreno Villa, Antonio Machado y Luis Cernuda, Concha Méndez y Salazar Chapela, María Zambrano y Alberti, Francisco Ayala y Chaves Nogales, Prados y Altolaguirre, y tantos otros) representaron la voz de una España peregrina, la razón legítima del país perdido que cada exiliado llevaba consigo allá donde les llevó aquella diáspora, pues todos fueron los embajadores melancólicos de un ensueño arrasado.

La España forzosamente errante. La España desterrada de símisma.

Acerquémonos a sus obras para acercarlos a nosotros. Para acercarlos, finalmente, simbólicamente, a su tierra.

Felipe Benítez Reyes


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